Un rincón maldito en la Alameda

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La Alameda Central en la Ciudad de México es considerado el primer parque público de América y desde nuestro punto de vista uno de los más entrañables del mundo, sin embargo, pocos saben que detrás de algunos de sus rincones y aproximaciones se encuentran leyendas un tanto perturbadoras que han provocado el desarrollo de mitos que ponen a prueba a todo aquel caminante nocturno.

Hay que recordar que en aquellos tiempos los parques eran más bien para las representaciones monárquicas, espacios sacros o gente muy poderosa, por esta razón los parques públicos no eran tan comunes, pero por allá de 1592, el Virrey de entonces, Don Luis de Velazco encargó la zonificación de un área para la recreación de los vecinos de la ciudad, convirtiéndose así en el primer parque del “nuevo continente”.

Rodeada por hermosos sitios icónicos de la ciudad como el Palacio de Bellas Artes, la iglesia de San Hipólito, las Avenidas Juárez e Hidalgo, la Torre Latinoamericana, el Museo de Memoria y Tolerancia, el Museo Mural Diego Rivera, El Museo Nacional de la Estampa y muchos lugares más, la Alameda ha sido también un punto de referencia para algunas leyendas de terror.

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El quemadero
Memorý 25 oct 15 208Deambular por la Alameda a altas horas de la noche en estos tiempos puede ser muy peligroso debido a que se encuentra en un área cercana a zonas proclives a asaltos, pero de acuerdo con algunos habitantes y personas que tienen sus negocios cercanos, en ocasiones es posible escuchar lamentos, crujidos y cadenas que no tienen ningún origen cercano. Las personas que saben de historia comentan que esto se debe a que durante la etapa temprana del virreinato, había en la zona poniente del parque una plazoleta
perteneciente al convento de los dieguinos donde fue colocado el quemadero de la Santa Inquisición que dio lugar a los denominados autos de fe, que consistían en enviar a pecadores y herejes a la acción legal por parte de la corona y si eran capaces de reconocer su herejía eran ahorcados y quemados, pero si no la reconocían eran quemados vivos. Hoy existe una placa en un muro del convento de San Diego que nos indica el lugar preciso.

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La Acordada
Memorý 25 oct 15 213Si caminas unos pasos más sobre la Avenida Juárez, rumbo al Monumento a la Revolución, justo en la esquina con Balderas, encontrarás una plaza comercial cuyo cimiento muy probablemente haya sido una cárcel que en el siglo XVIII que fue destino de muchos delincuentes de la época. El objetivo de la cárcel de la Acordada era recluir a todos aquellos delincuentes que ponían en riesgo los caminos de la Nueva España y fue el Virrey Duque de Linares quien “acordó”, reducir el crimen por medios enérgicos. La cárcel de la Acordada era un edificio muy lúgubre y triste donde fueron castigadas terriblemente muchas personas, muchos murieron en el lugar y sus cadáveres fueron expuestos como  escarmiento; unos eran torturados ahí mismo y algunos otros fueron enviados a la Santa Inquisición. Se dice que en la fachada principal el Padre Licenciado Don José Rincón mandó a colocar las siguientes palabras que dan testimonio de la severidad del lugar:

En la puerta principal se leía:
Yace aquí la maldad aprisionada,
Mientras la humanidad es atendida,
Una por la justicia castigada
Y otra por la piedad es socorrida.
Pasajero que vez esta morada,
Endereza los pasos de tu vida,
Pues la piedad que adentro hace
favores
No pide a la justicia sus rigores.

En el primer extremo se leía:
Aquí en duras prisiones yace el
vicio,
Victima a los suplicios destinada,
Ya que a pesar del fraude y artificio,
Resulta la verdad averiguara,
¡Pasajero!… respeta este edificio
Y procure evitar su triste entrada;
Por cerrada una vez su dura puerta,
Sólo para el suplicio se halla abierta.

En el segundo extremo se leía:
Aquesta excelsa fábrica suntuosa,
Defensa es de las vidas y caudales;
Y su muralla fuerte y espaciosa,
Al público le impide muchos males.
¡Oh, tú que miras su fachada hermosa,
Cuidado como pisas los umbrales!…
Aquí vive severa la justicia
Y aquí muere oprimida la malicia.

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