Una historia de Ámsterdam

Una historia de Ámsterdam

7:30 p.m. Tren de Bruselas a París. Siempre llevo conmigo una pequeña bandera de México colgando del cierre de la mochila nomás para espejear a los compatriotas, además así evito ser confundido con libanés o árabe. A medio camino se me acercó un joven de unos 26 años que dijo ser tapatío. Así el viaje se hizo más ameno gracias a la historia que me contó.

Gustavo conoció a Jeremy en uAsientos Trenn famoso chat de finales de la primera década del 2000. Jeremy era un seductor internacional, que inmediatamente vio en Gustavo la oportunidad de probar el sabor latino, por lo que no perdió tiempo y aplicó todas sus estrategias para enamorar a un joven ilusionado con la vida europea. Jeremy vivía en Ámsterdam y se daba el lujo de presumir que pertenecía al bajo porcentaje de ciudadanos que tenía automóvil en esa ciudad. Gustavo por otra parte era un soñador, pero un soñador que hacía lo posible por cumplir sus anhelos, además tenía el candor mexicano de la buena plática, así que movió cielo y tierra con el afán de conseguir dinero y lanzarse Europa. Trabajó tres meses en un call center y su hermano, quién trabajaba para la Compañía Mexicana de Aviación, le consiguió un importante descuento para viajar a Ámsterdam.

El idilio en Europa duró los primeros dos meses de relación, pero Gustavo poco a poco empezó a notar el distanciamiento de Jeremy, quién cada vez llegaba más tarde al departamento. Gustavo siempre le recriminó a Jeremy su falta de intensión por enseñarle el idioma de su país, y le reprochaba que mejor sus amigos se interesaran por mostrarle su cultura.

El tiempo pasó entre disgustos y reencuentros. Gustavo viajaba cada tres meses a Ámsterdam para encontrarse con un Jeremy cada vez más distanciado.

Una noche Gustavo ya con el idioma un tanto dominado  descubrió algunos mensajes románticos en el celular de su pareja. La discusión pasó de las palabras a los golpes hasta que Jeremy lanzó a patadas a Gustavo de su departamento sin dejarlo entrar ni siquiera por su ropa. Gustavo caminó por las frías calles de Ámsterdam medio desnudo y con el corazón destrozado. Entonces una pajarita de la noche llamada Alejandra lo vio temblando, casi muerto y le gritó: ¡Chico, pero que tu tas haciendo! Alejandra era cubana y llevaba ya tres años en la ciudad desempeñándose como trabajadora sexual. Ella le brindó asilo a Gustavo durante una semana, le dio ropa y un pequeño cuartito, además le prestó dinero para regresarse a México.

Hace ya más de un año de aquella dolorosa historia y hoy Gustavo ha regresado a Ámsterdam: resulta que siguió frecuentando aquel chat y curiosamente conoció a Marvín otro holandés con quién se la ha pasado de maravilla. Hoy ya se encuentran en planes de matrimonio.

El tren llegó a París a las 9:30 de la noche. Gustavo me dio algunas recomendaciones para evitar peligros en la ciudad luz, nos despedimos amablemente y le desee todas las buenas vibras en su nueva relación quizás ahora sus sueños se cumplan.

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